Al abrir la puerta de la sala azul, la suave penumbra apenas iluminada por las luces de neón azuladas y violetas quedó iluminada brevemente por la intensa iluminación del pasillo. Ésta también se estrelló contra los barrotes plateados, así como sobre el cuerpo empapado de Derek justo detrás, quien permanecía encadenado con las manos en alto dentro de la bañera. aun había salpicones y charcos de agua alrededor de la bañera, y el nivel del agua había descendido notoriamente, señal de que había estado un buen rato resistiéndose e intentando escaparse sin éxito. No obstante, a juzgar por cómo se encogía, hacía ya un buen rato que había desistido. El chico cerró los ojos, cegado levemente por la luz, antes de que la puerta se cerrara, volviendo a sumir todo en penumbra.

Caminé por la habitación, en silencio. En ese momento estábamos los dos solos, ya que le había dicho a Ariel que se quedara abajo hasta que volviera a hacerlo llamar. Derek me lanzó miradas fugaces e intermitentes a través de los barrotes. Me dio la impresión de que el chico se debatía entre cumplir la norma de mirarme a los ojos y el instinto superviviente de vigilar todos y cada uno de mis pasos. Escuché claramente su respiración levemente alterada, así como el suave tintineo de las cadenas que indicaban que estaba tiritando debido a que, a esas alturas, el agua se había quedado fría y él seguía teniendo parte del cuerpo sumergido en ella. Me quedé parado frente a los barrotes, observándole en silencio. Derek no volvió a mirarme, de hecho ladeó la cabeza, intentando evitar el contacto visual conmigo a toda costa. “Al menos ha aprendido algo”, me dije, aunque no me quedó claro si lo hacía por obediencia o por pura cabezonería, como queriendo ignorarme o demostrarme su enojo de algún modo.

—¿Vas a empezar a colaborar, o tengo que dejarte aquí atado lo que queda día?—pregunté, sin tapujos.

—¡Kgh!—. Derek apretó las mandíbulas, enseñándome su hilera de dientes blancos y perfectamente alineados (curiosamente extraños en un supuesto drogadicto de las calles). Las cadenas tintinearon más fuerte cuando éste apretó los puños, claramente frustrado. No me contestó.

—Entonces, ¿me voy?—hice el amago de darme la vuelta.

—¡N-no!—exclamó el otro, cerrando los ojos con fuerza y removiéndose bajo las cadenas—. N-no… s-s-señor…—logró pronunciar en un susurro entrecortado por el castañeo de sus dientes.

—¿Vas a ponerme las cosas fáciles, entonces?—. Derek asintió con vehemencia—. Quiero que lo digas en voz alta.

—S-sí… señor…—masculló, intentando controlar sus propios temblores.

—Bien—. Subí los escalones hasta la puerta de la reja, que atravesé abriendo la puerta. Como ya no llevaba camisa y seguía teniendo los pantalones calados ni me molesté en terminar de desnudarme: entré directamente en el jacuzzi, tiendo el agua fría tensar los músculos de mis piernas. Con razón el chico no paraba de temblar… —. Primero voy a terminar de bañarte. No voy a hacerte nada que no quieras, ¿de acuerdo?—. Derek apretó de nuevo las mandíbulas y tensó los músculos de su espalda—. Te he hecho una pregunta.

—S-í…

—¿Sí, qué?

—Sí… S-señ… or…

—Buen chico—. Cogí la manguera de ducha, encendí el grifo a baja presión, templando el agua hasta calentarla dentro de lo soportable. Acto seguido me coloqué a escasos centímetros del joven, comenzando a empapar su cuerpo contraído por el frío con el agua cálida. Derek dejó escapar un suspiro entrecortado de puro alivio entre sus labios entreabiertos bajo aquel contacto, relajando poco a poco su musculatura.

—¡H-hah!—exclamó, sin querer, cuando la calidez del agua rozó su entrepierna. Me quedé mirándolo desde detrás de su espalda. Él apartó la cara hacia el hombro contrario, hundiendo la cabeza entre los hombros y dándome una perfecta panorámica de su nuca. Repetí el gesto, más despacio. Se estremeció bajo las cadenas—. ¡Ah…! Joder…

—¿Has dicho algo?

—N-no… No, señor—negó con la cabeza y comenzó a inspirar hondo. Me percaté de que estaba apretando los muslos con fuerza. “¿Le ha excitado el calor?”, me pregunté. O quizá el agradable contraste de temperatura entre su cuerpo y el agua caliente…

No le pinché más. Apagué el agua y cogí la esponja que se había quedado olvidada en un rincón. Eché sobre ella uno de los múltiples geles que había disponibles en pequeñas botellas de plástico dispuestas en un estante de rejilla anclado a la pared cubierta de losas, eligiendo de nuevo el que olía a una mezcla de menta y limón fresco. Me coloqué a espaldas de Derek, hundí la esponja con el jabón en el agua ya caliente de la bañera y empecé a pasarla suavemente por su espalda hasta sus nalgas. Derek volvió a suspirar sonoramente, pero solo una vez. Despacio, con mimo, fui recorriendo las angulosas líneas del tatuaje, casi desdibujado por la extrema y fibrosa delgadez que dejaba ver cada uno de sus músculos y sus huesos. Con la misma y silenciosa dedicación, pasé la suave esponja jabonosa por su pecho y su vientre, casi siendo capaz de contar sus costillas. Luego subí por sus hombros, sus brazos, volví a descender y, con la espuma sobrante de la esponja, enjaboné también su pelo oscuro y desordenado, sintiendo bajo las yemas la característica aspereza de sus parietales rapados al cero. Derek dejó de apretar los párpados ligeramente bajo el suave masaje de mis dedos.

—Coge aire y cierra los ojos—le susurré al oído. Su piel se erizó bajo mi aliento. Despacio, derramé el agua sobre su cabeza, dejando que parte de ella se resbalara por su rostro y su cuello. Derek encogió los hombros, haciendo tintinear la argolla del collar metálico y las cadenas que le sujetaban las manos. Cuando bajé la manguera por delante de él, limpiando la espuma de su entrepierna, soltó todo el aire que había guardado en sus pulmones de golpe, echándose hacia atrás y haciendo que su trasero se estrellara accidentalmente contra mi entrepierna. Se apartó de inmediato, tenso. Le escuché murmurar algo… ¿”Lo siento”? No puede asegurarlo—. Hmm… Estás muy excitado—comenté en voz baja.

—No… No…—negó con la cabeza, cerrando los ojos con fuerza.

—Sí, lo estás—. Dejé caer el agua caliente otra vez sobre su alzada excitación, haciendo que sus caderas dieran un respingo hacia delante y su aliento se entrecortara en un jadeo.

—No. No es por… usted… señor—. Masculló entre dientes—. Es el… agua…

—El calor—le corregí—. Es muy agradable después de haber estado pasando tanto frío, ¿verdad?

—Sí… Señor—se corrigió solo antes de que yo dijera nada.

—Claro que sí, es normal—seguí susurrando en su oído, aunque con cierta nota sarcástica. Él volvió a jadear y a estremecerse, a medida que iba deslizando el agua por su cuerpo hasta terminar de limpiarle por completo.

Apagué el grifo justo en el momento en el que la puerta de la sala se abrió de nuevo, volviendo a arrojar un foco de luz intensa en el interior, pero se cerró de inmediato. Derek se tensó y buscó a la figura que acababa de entrar con la mirada baja. Casi percibí cómo se relajaba de inmediato al comprobar que la persona que había entrado no era Ariel. Gem acababa de hacer acto de presencia, llevando un par de bolsas de papel de alguna tienda de moda, las cuales dejó sobre las sillas. Se había cambiado de ropa también, llevando un camisón gaseoso color pistacho con pedrería de colores tostados que casi mostraba más de lo que pretendía ocultar, dejando así que las formas de su cuerpo se adivinaran al trasluz. “Bien jugado, Gem”, pensé, esbozando una sonrisa confirme en mi rostro. La chica me guiñó uno de sus ojos oscuros con picardía.

—Derek, te presento a Gem—dije, separándome un par de palmos de él—. Ella también es maestra del In Chains.

—Hola, Derek—saludó ella con dulzura, apoyándose sobre el borde empapado, observando al esclavo a través de los barrotes.

—…—. El chico volvió a bajar la cabeza y apartó la mirada de la joven. Desde mi posición, y a pesar de la iluminación cuasi-monocroma de la escena, pude percibir claramente que sus mejillas se habían encendido en un intenso color rojo.

—Vamos, Derek, no seas maleducado. Salúdala.

—Hola… ¿Se… señora?—musitó, con tono dudoso, pero sin girar la cabeza hacia ella.

—¡Uy! Señora no, por favor, que eso solo me hace sentir un poco más vieja—sonrió la otra, haciendo un aspaviento con la mano para quitarle hierro a su vergüenza—. ¿Puede llamarme solo Ama? Lo prefiero.

—Como tu prefieras—asentí.

—Te he traído lo que me has pedido, Maestro. Espero que sean de la talla adecuada, no me has dado tiempo para elegir en condiciones—protestó un poco, cruzándose de brazos.

—Gracias, Gem.

—¿Te puedo ayudar con algo más?—me preguntó, irguiéndose y llevándose las manos a la espalda. Se acercó por las escaleras hacia la bañera, observando con curiosidad la escena.

—Pues…—. Hice la pantomima de quedarme pensando, como si lo que estuviera ocurriendo en aquellos momentos no estuviera pactado en absoluto—… Estaba pensando en que Derek necesita algo de ayuda ahora mismo. ¿Crees que podrías… echarnos un cable por aquí?

—No… No…—oí mascullar a Derek entre dientes. Le ignoré.

—Claro—sonrió Gem, encantada. Aunque señaló las cadenas con la mirada—. Pero… ¿Tiene que estar atado?

—Sí—asentí. Acto seguido volví a acercarme a la espalda tatuada, pasé la mano junto al cuello de Derek y le hice levantar la barbilla hacia arriba para que sus mejillas enrojecidas quedaran expuestas bajo la luz. Masculló un quejido sordo en su garganta, negándose a abrir los ojos—. Se ha portado muy mal antes, ¿sabes?

—Oh…—. Gem ladeó la cabeza y puso una voz lastimosa, compadeciéndose de él, entrando en la jaula y hablando con voz sedosa—: ¿Has sido un chico malo, Derek?

—Muy malo. Ha hecho daño a Ariel—siseé de nuevo en el oído del moreno. Éste hizo amago de intentar girar la cabeza y soltarse de mi agarre, mascullando entre dientes.

—Uuh… Así que el novato muerde, ¿eh?—. Gem se había colocado delante de Derek, en cuclillas al borde de la bañera, mostrando sus esbeltas piernas desnudas—. Qué lástima… Con lo que me gustan los chicos buenos que se portan bien…

—Ahora que lo dices… Parece que ha recapacitado un poco sobre su actitud, y creo que eso se merece una recompensa—. El chico dejó de forcejear contra mi mano. Entreabrió los ojos, mirando a Gem de soslayo, la cual había empezado a desatarse el camisón con una deliberada parsimonia—. ¿Qué opinas, Gem? ¿Crees que se lo ha ganado?

—Hmmm… No sé, no sé…—. La chica se desnudó, colgó su camisón de una pequeña perchita metálica que había en la pared, e introdujo sus preciosas piernas en el agua—. Ah, calor. Qué agradable…

—¿Verdad?—sonreí, enarcando una ceja. Aflojé un poco mi agarre sobre la barbilla de Derek, pero mantuve mi mano en su cuello, justo sobre el collar de metal, apretando suavemente la parte justo tras sus mandíbulas con el índice y el pulgar, obligándole a mirar hacia delante—. Derek opina lo mismo.

—Ya lo veo…—sonrió la otra con picardía, acercándose sinuosamente al esclavo, cortoneando sus caderas en el agua. Pudo ver claramente cómo Derek trataba de resistirse inútilmente contra el deseo de no contemplar el bonito cuerpo de Gem—. ¿Me das permiso para tocar a tu esclavo, Maestro?—. Asentí. La cintura de Derek dio un leve tic involuntario cuando Gem alzó sus manos húmedas y calientes por el agua para tocar su excitación entre sus suaves y finos dedos—. Vaya, esto sí que es calor…

—¡Ah!—. El chico tiró inconscientemente de las cadenas del techo.

—Tiene un buen instrumento. Es muy firme, tiene una curvatura deliciosa—observó Gem, a medida que acortaba distancias con él, hasta que sus senos casi rozaron las costillas de Derek, ya que Gem era de baja estatura. La chica siguió jugueteando con su miembro entre los dedos, haciendo que Derek jadeara y se estremeciera—. Y es muy sensible. Eso me gusta.

—Eso parece…—asentí, coincidiendo con ella.

—¡A-ah!—. Un gemido traicionero vibró bajo mis dedos, en la garganta de Derek.

—¿Te gusta?—preguntó Gem—. Puedo hacerlo más intenso, si quieres…

—Hah…—. Apreté un poco los dedos en su garganta.

—Gem te ha hecho una pregunta, Derek. Responde—ordené.

—¡Hah! S-s…—apretó los dientes, intentando negarse. Pero al final terminó cediendo a las suaves caricias de Gem—. … Sí… Señor… ¡Ugh!—. Hizo el amago de encogerse cuando los dedos de la mujer se cerraron en torno a su excitación y comenzaron a masajearla de arriba a bajo—. ¡Oh!… ¡Ah-ah!… Me… Me gusta… ¡Ahg!

—Aww… Mírale, responde maravillosamente—. Gem sonrió, complacida por los gemidos que comenzaban a abandonar cada vez más ruidosamente la garganta de Derek. Mientras le tocaba, la joven fue acariciando dulce y mimosamente su cuerpo, acortando cada vez más la ya de por sí estrecha distancia entre ellos. A medida que ella iba abrazándole y dminándole con las oleadas de placer que le provocaba al masturbarlo, yo fui soltando mi agarre sobre él y dejándoles espacio—. Por cierto… Me encanta tu tatuaje, es muy bonito—le susurró la joven al oído, justo antes de empezar a recorrer su oreja con la lengua. Derek alzó la barbilla y jadeó mirando al techo.

—¡Oh…! Oh, joder…—. Se le escapó entre jadeos. Carraspeé, dándole a entender que había oído perfectamente su palabrota.

—Déjale, Maestro, por favor—me pidió Gem. Hice un gesto con la mano, dejándolo pasar—. Eso también significa que le gusta… ¿Verdad? ¿Eh? ¿Verdad que te gusta que te toque… aquí?—. Gem cerró los dedos con fuerza sobre la punta de su glande.

—¡¡Ohh!! ¡A-agh!—. Derek bajó la cabeza y tiró de las cadenas, removiéndose en el agua, provocando otro salpicón involuntario.

—¿Eso es un sí?

—Sí… Oh… ¡Oh, sí!—asintió con la cabeza, obedientemente.

“Curioso…”, pensé, llevándome la mano a la barbilla mientras meditaba sobre lo que veía. Lyss estaba en lo cierto: Derek reaccionaba mucho mejor cuando se le daba el azucarillo del placer que cuando se le amenazaba. Estaba claro que esa mujer tenía algo en común con Val: tenía buen olfato y mucho instinto para las personas. Siendo la que menos ganas tenía de ver a Derek, era la que más había sabido calarlo. Gem se esforzó por hacerle sentir bien, por emplear toda su pericia para complacer su deseo. Y no solo con la mano: no tardó en arrodillarse frente a él, hasta que el agua jabonosa le cubrió los pechos, para comenzar a realizarle una felación con una pericia que dudaba que Derek hubiera experimentado antes por parte de ninguna otra mujer.

—H-Hah… ¡Aagh!—. Echó la cabeza hacia atrás, tanto que pude ver perfectamente su expresión gozosa en esa cara sonrojada. De hecho entreabrió los ojos sin querer, y vio cómo yo le estaba viendo disfrutar bajo los experimentados labios y la lengua de Gem—. ¡Oh…! ¡¡Ogh!!… Ah, joder… Joder… Mierda…—masculló entre dientes.

—No te resistas, Derek—dije con voz ronca—. Disfrútalo, es tu recompensa, ¿recuerdas?

—P-pero… ¡¡Haagh!! ¡Oh, señor!—. Alcé las cejas con cierta sorpresa, sin saber si aquello iba dirigido a Dios o a mi—. Joderjoderjoderjoderjoder…—fue acelerando la frecuencia de las palabrotas a medida que Gem aceleraba el movimiento combinado de su boca y de su mano, aferrada a la base de su miembro—. ¡Uhg!… ¡¡Para…!! ¡Para o me voy a…!—. Gem incrementó el ritmo y la presión sobre él. Derek comenzó a mover involuntariamente las caderas bajo aquel ritmo, dejándose arrastrar por la mujer con una facilidad que se me antojó pasmosa—. ¡¡Ogh!! ¡¡H-hagh!! ¡M-mierda!—. Sus músculos empezaron a tensarse, tensarse y tensarse más, su voz de ahogó presa de sus jadeos y sus gemidos, totalmente dominado por la boca de Gem—. ¡¡HAGH!! ¡¡OHH!! ¡JODERRR!—. Un espasmo le sacudió por entero, haciendo crujir las cadenas del techo y rasgarse su voz en un jadeo ronco y largo. Gem acarició toda la parte baja de su espalda con las manos. Pude ver desde mi posición cómo tragaba antes de separarse de él, pasándose los dedos por los labios y luego relamiéndose con gusto.

—Hmmm… Qué salado—murmuró, poniéndose en pie, de manera que el agua resbaló suavemente por su cuerpo—. La próxima vez lávale con el champú de canela, Maestro; creo que pega mucho más—me dijo a mi, guiñándome un ojo y volviendo a recuperar aquella sonrisa inocente. Nadie diría que acababa de hacer lo que acababa de hacer, dada la naturalidad que desprendía.

—Me lo apunto, Gem. Gracias—. Ella asintió encantada. Me acerqué de nuevo a la espalda de Derek, que se movía agitadamente a medida que el chico trataba a toda costa de recuperar el aliento—. ¿Qué se dice, Derek?

—Hahh… Hah…—jadeó en voz alta—… Hah… G-grah… cias… Hahh…

—Di “gracias, ama”—le corregí.

—Gra… cias… Hahh… Ama…—repitió, sin rechistar, con la mirada gris algo perdida en la nada.

—De nada, cielo—. Gem le regaló a Derek una caricia suave en el rostro, casi maternal. Y acto seguido le besó con intensidad, seguramente para que él pudiera saborear el sabor de su propio orgasmo en su boca. Aquello terminó de dejarlo totalmente KO, porque pude ver cómo resoplaba por la nariz y acto seguido todo su cuerpo caía preso de una súbita relajación—. ¿Te ha gustado?—. Derek asintió con la cabeza, aun resoplando—. Pues… Cuando seas un chico bueno repetiremos, ¿vale?—. Ella le golpeó suavemente la punta de la nariz con el índice.

Gem se retiró acto seguido, secándose con una de las toallas limpias que había en las perchas. Se puso su camisón de nuevo con tranquilidad y abandonó la sala dedicándome un suave apretón en el hombro, una de sus suaves sonrisas y una reverencia a modo de despedida. De nuevo solos, fue mi turno de salir de la bañera para coger otra toalla seca. Volví a entrar, esta vez acercándome al esclavo por delante. Derek tenía la barbilla casi pegada al pecho y el cuerpo prácticamente colgando de las cadenas. Solté por fin los grilletes de sus manos. Admito que apreté el culo durante unos segundos, temiéndome una mala reacción por su parte. Pero simplemente dejó caer las manos con las muñecas enrojecidas hasta el agua. Osciló sobre sí mismo, y tuve el rápido reflejo de rodearlo con una toalla y sujetarlo antes de que se me desplomara dentro de la bañera.

—Siéntate en el borde, vamos—. Le ayudé a dejarse caer en el borde de la bañera. Le coloqué la toalla sobre los hombros y, acto seguido, destapé la bañera para que se tragara todo el agua—. ¿Cómo vas?—. Derek me miró de reojo y puso cara de confusión. aun estaba medio ido, probablemente aturullado por sus propios pensamientos después de lo que acababa de pasar, y no es que el momento de atolondramiento tras un orgasmo fuera el momento para ponerse a pensar—. Color, Derek—le indiqué.

—A… ¿marillo?—. No parecía estar muy seguro de ello. Negó con la cabeza y se llevó la mano a la frente para peinarse el pelo húmedo hacia atrás—. Estoy… mareado… señor…

—Tienes la tensión baja, es normal después de una sesión—. Apunté, cogiendo yo mismo una toalla para secarme el torso desnudo—. Sécate rápido, es mejor que comas algo antes de que te de un bajón de azúcar. Gem te ha traído algo de ropa nueva para que escojas—. Derek asintió con la cabeza con gesto distraído, y cogió la toalla con gestos vagos, entre cansados y derrotados, y empezó a pasársela por los hombros, la cara y el pelo.

Salí de la jaula, dejando la puerta abierta, y me dirigí primero hacia las bolsas para sacar su contenido, ordenando un poco la ropa sobre la mesa ornamentada para separar lo que era para él de lo que, claramente, era para mi. Gem había escogido para mi una camisa sin magas negra con cordones cruzados por delante, y un pantalón de tela ancho y cómodo, también negro. Para Derek había optado por coger un par de vaqueros gastados, un par de camisetas de tirantes en distintos colores y un par de sudaderas con capucha. A ambos nos había cogido un par de prendas de ropa interior. “Esta chica piensa en todo”, pensé, dejando que se me dibujara una sonrisa en la cara. El moreno se levantó por fin del jacuzzi cuando terminó de secarse, y comenzó a bajar las escaleras enlosadas agarrándose a los barrotes de hierro, claramente sin fiarse demasiado de su propio equilibrio. Ojeó por encima la ropa, sin poner demasiado interés, y escogió de forma casi aleatoria. Al terminar de vestirse me percaté de que Gem había dado en el clavo con la talla de Derek, aunque algunas prendas le quedaban un poco holgadas debido a su delgadez. “Vamos a tener que hacer algo con ese cuerpo”, anoté mentalmente.

Después de que Derek se cerrara la cremallera de la sudadera oscura y se ajustara el cuello de la capucha de forma que lograra ocultar el collar metálico todo lo posible; me aproximé a él. El chico me miró de reojo pero apartó sus ojos grises de inmediato, clavando la mirada en el suelo. Alcé la mano. Él cerró los ojos, encogió los hombros y cerró los puños. Deslicé los dedos sobre su pelo húmedo y oscuro, en una suave caricia. Derek abrió los párpados, claramente confundido por el gesto—. Lo has hecho muy bien—sonreí. El chico me miró, perplejo, los dos segundos suficientes como para apartar la mirada, nuevamente azorado—. Dime, ¿tan horrible ha sido?

—Yo…—. Inclinó la cabeza lateralmente, claramente sin saber muy bien qué decirse a sí mismo y, por ende, sin saber qué responderme a mi—. No lo sé, señor.

—Está bien—asentí, dándome por satisfecho. No quise presionarlo más, pasar de rosca la tuerca de su mente podía ser contraproducente. Ahora tenía que dejarle algo de tiempo para pensar y sacar sus propias conclusiones—. Voy a terminar de recoger aquí—. Le indiqué—. Baja y dile a Luria que te de alguna bebida con azúcar. La que quieras, pero sin alcohol, ¿entendido?—. Derek asintió, torciendo un poco el gesto de la boca. Aposté a que seguramente había pensado primero en tomarse una cerveza—. Espérame en el bar, ¿de acuerdo?

—Sí, señor—asintió.

—Buen chico—sonreí para, acto seguido, añadir—. Si sigues por este camino puede que le pida a Gem que colabore en nuestras sesiones más a menudo—. Pude ver cómo se sonrojaba y agriaba el gesto, avergonzado. Se encogió de hombros, sin mucho más de decir ante lo evidente: había disfrutado enormemente de las atenciones de la Maestra del Placer y, claramente, le encantaría repetir—. Vete, ahora voy yo.

Se metió las manos en los bolsillos y se dirigió hacia la salida. Sin embargo, antes de llegar a tocar el picaporte, se giró hacia a mi, lanzándome una mirada fugaz, y levantó una mano, dejándola alzada en el aire, pidiéndome permiso para darle la palabra.

—Habla.

—Quiero preguntar algo, señor—. Se quedó esperando confirmación. Le hice un gesto para que continuara. Se pasó la lengua por el interior del carrillo, antes de atreverse a decir—: ¿Por qué… por qué no lo ha hecho usted?

—¿El qué?

—La mamada—soltó, sin tapujos, para añadir acto seguido—: Señor.

—Porque dijiste que preferías a las mujeres antes que a los hombres, ¿recuerdas?—. Derek dibujó una expresión sorprendida en su rostro, como si no se esperase que yo fuera a recordar eso—. Ya te lo dije: el BDSM está pensado para que disfrutes y obtengas placer. Y Gem es una buena chica, muy competente y… Muy guapa, ¿no crees?

—Sí, señor—asintió, sin media intención de discutir. Se encogió de hombros, se mordió el carrillo en gesto dudoso, pero finalmente añadió—: Y la chupa de cojones, señor—. Adiviné un amago de sonrisa en su cara, la cual seguramente estaría reprimiendo.

—¿Quieres que te castigue otra vez por malhablado?—tercié, enarcando una ceja y endureciendo la voz.

—No, señor.

—Pues lárgate. Ya.

Derek abrió la puerta y se dirigió al exterior sin decir nada más. Cuando me quedé solo no pude evitar llevarme una mano al rostro y dejar ir una risilla floja. Por extraño que pareciera, su comentario había logrado hacerme gracia—. Que la chupa de cojones dice… Qué cabrón…—murmuré para mi mismo, negando con la cabeza y rodando los ojos.